Hay objetos que nacen para habitar esa frontera entre lo público y lo privado. Lugares que no son estrictamente nuestros, pero en los que buscamos sentirnos como en casa: la terraza de un hotel, el patio interior de un restaurante o esas zonas intermedias que conectan arquitectura y pausa.
Las tendencias en diseño, al igual que en cultura, son cíclicas. A veces vuelven suavizadas, a veces reinterpretadas, pero siempre cargadas de una memoria que se activa al primer vistazo.
En cualquier ciudad con vocación cosmopolita, del Mediterráneo a la costa del Pacífico, sus terrazas mejor diseñadas comparten un rasgo común: nada parece forzado.
En los entornos de trabajo más avanzados, desde estudios creativos hasta sedes corporativas donde la arquitectura marca el tono, surge una prioridad que ya no se oculta detrás de la eficiencia: el confort.
La ciudad se habita también en las pausas. En una mesa al sol, por ejemplo, en una terraza que se convierte en una frontera amable entre lo público y lo privado.